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Lee el primer capítulo de la novela. Comienza la aventura…

DARK WINDOWCAPITULO I. SIN LUZ

Se constriñe el alma. Se hiela. Resulta difícil definir el terror atávico que sufre el ser humano ante una oscuridad no esperada. El pulso se acelera y el sudor frío se perla por todos los poros. Aquel pozo húmedo y putrefacto, en el que apenas se vislumbraba el soplo de luz agónica de un foco que se consume, trajo de repente a mi mente el ancestral horror a la nada. La nada consciente, la ausencia de los sentidos. Sólo tú y tu templanza. Es en ese momento cuando se la juega tu cordura, cuando se tensa con más intensidad ese fino hilo que te separa de pasar el resto de tus días en un psiquiátrico.

Tras unos segundos de desconcierto, traté de recuperar mi estabilidad perdida. Junto a mí agonizaba la linterna, chasqueando pequeños chispazos de luz que acabaron por extinguirse. La agarré palpando el suelo y traté de reanimarla agitándola varias veces. Enseguida tuve que darme por vencido, ya que probablemente la caída había roto los filamentos de la bombilla y la linterna no iba a volver a encenderse. Tendría que intentar seguir a oscuras, justo aquello que más me había preocupado antes de bajar, si es que se le puede llamar bajar a la caída libre que acababa de sufrir. Advertí cierta humedad en el mentón, bajo las muelas de la parte derecha de mi rostro. Al tocar con mis dedos, noté una fuerte laceración de dolor. No cabía duda de que aquel líquido espeso que corría cuello abajo era sangre. El salado sabor a hierro oxidado que experimenté al chuparlo lo corroboró. No sé en qué momento de aquella larga caída me había golpeado. El hoyo era tan estrecho que podía haber sido en cualquier pared. Sólo deseaba que aquello no pasara de ser una magulladura, aunque el malestar era profundo. Al intentar levantarme del suelo sufrí de inmediato otro suplicio infernal, esta vez en el tobillo izquierdo. Volví a sentarme de inmediato y ahogué, no sin gran esfuerzo, un desgarrado grito de dolor que podría haber llamado la atención de aquellos a los que buscaba. Mordí mis labios hasta el punto que parecía que iba a acabar comiéndomelos. No podía permitirme el lujo de perder el factor sorpresa si quería tener alguna esperanza de salvar el pellejo. Pensé que era muy probable que el pie se hubiera torcido al caer. Quizás, en el peor de los casos, podría haberse incluso roto, ya que el simple hecho de apoyarlo e intentar incorporarme me provocaba nauseas de dolor. Era como si un afilado bisturí estuviera raspando el hueso con saña. No intenté de momento volver a levantarme, y comencé a rebuscar en la mochila que llevaba conmigo. Saqué un rollo de cinta aislante, que es lo único que podría servirme. Rodeé el tobillo maltrecho con aquella cinta pegajosa una decena de veces, esperando al menos que le diera cierta estabilidad y con ello se redujera el dolor. Corté la cinta con los dientes y terminé de pegarla al pie dando un par de vuelta más. Me sobrepuse al dolor como pude y me levanté de nuevo. Cojeando como un tullido borracho, traté de continuar hacia delante. Mientras lo hacía, me pareció escuchar una suave música que descendía por el agujero que yo había caído. Aún me encontraba aturdido por el golpe, pero juraría que aquello que sonaba era un violín. Las notas eran realmente melódicas y si hubieran sido manos estarían ahora mismo acariciándome con dulzura.

Apenas podía ver, pero intuía lo suficiente para darme cuenta de que avanzaba por un estrecho y  húmedo pasillo. Notaba el chapoteo sordo de mis pies en aquel suelo fangoso. Tan sólo habría un metro de ancho entre las paredes y tenía que ir apoyándome en ellas debido a mi estado. Aquellos muros estaban recubiertos de un moho que resultaba helado al tacto, sensación que, acentuada por la oscuridad, era muy desagradable. Aparte de mi honda respiración, únicamente podía escuchar un lejano goteo que anunciaba que a aquel angosto corredor todavía le quedaba un trecho.

Tras avanzar costosamente durante unos minutos, terminé por chocar de frente con aquel obstáculo liso y frío. Palpé aquello con la palma de mis manos y deduje que se trataba de una puerta de metal. Había una especie de aldaba sobresaliendo en su lado derecho. Tenía la forma de una gran argolla redonda. La así con fuerza, con la intención de estirar y abrir el portón. Sin embargo, la solté inmediatamente y decidí sentarme un instante, dejando que mi espalda resbalara poco a poco por aquella fría puerta. Necesitaba un momento de respiro. El dolor del pie me estaba matando. Extendí la pierna buscando algo de alivio, aunque solamente logré una ligera mejoría. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba llorando. Nunca debí haber llegado hasta allí. Nunca. Teníamos que haber huido antes de que todo esto sucediera. Pero ya no era momento de abandonar. Tenía que entrar. Tenía que atravesar aquella puerta.