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Sinopsis de la novela

¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para proteger a una hija?

Decididos a cambiar el rumbo de sus vidas, el crítico gastronómico Ron Olson y su hija Kate abandonan la ciudad donde residen para trasladarse a Shilton, pequeño pueblo pesquero de la región de New Landas. Allí, entre frondosos bosques y cercana al mar, se levanta la vetusta mansión de su abuela Mariela, lugar donde Ron pasó gran parte de su infancia. Pero ahora, todo parece distinto. A través de sus largos pasillos, en la cúspide de sus buhardillas o en las entrañas del subsuelo, una malsana presencia permanece al acecho…esperando. Esperando el momento. Un pequeño librito azul, abandonado bajo el polvo en un húmedo sótano, guarda un terrible secreto ¿Qué se esconde en el oscuro caserón de los Farkas?

La sangre de los Farkas, la primera novela de José María Lluch, constituye un claro acercamiento al gótico contemporáneo. Dura y áspera en ocasiones, bucólica y contemplativa en otras, aunque siempre terrorífica y llena de misterios, la novela te conducirá sin tapujos a los más recónditos abismos del alma humana.

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Emile Poe

Emile Poe, sajona de pura cepa. Estaba sentada en el último escalón de la empinada escalera que conducía a la entrada principal de la casa. Se alzó con ayuda de sus muletas de manera presta. Vestía un vestido largo y oscuro de algodón con muy pocos volantes y carente de cualquier decoración, salvo un pequeño delantal blanco a la altura de la cintura. Aunque Emile Llevaba toda su vida sirviendo en la mansión y guardaba una relación especial con la familia, se sentía cómoda con aquel atuendo que recordaba más a otras épocas. Además, el largo del vestido disimulaba su pierna tullida. A Emile le gustaba contar que la había devorado un lobo hambriento un día que, siendo niña, se perdió en el bosque. Sin embargo, todos sabíamos que un flujo sanguíneo deficiente y una infección mal curada se la habían arrebatado apenas cumplidos los treinta. Quedaba ya poco para que cumpliera los setenta, pero conservaba todavía una agilidad esplendida a pesar de su mutilación. Su pelo, recogido en un moño alto, era ya cano, pero su mirada era jovial. Seguramente vital era el adjetivo que mejor describía a aquella mujer. Vital pese a todo, pues su vida no fue nada fácil. Por otra parte era reservada pero confiable, características que resultaban ser muy valiosas para una guardesa.


Marcus Nobson

Tenía aquel hombre cara de pirata viejo, pero no de los que gruñen sino de los que añoran. Blanco y lacio su pelo caía en coleta trenzada por su espalda, como si fuera el abrigo de su columna, y dos grandes patillas peludas poblaban sus mejillas. En el centro del rostro, como pidiendo perdón por estar allí, habitaba una pequeña nariz. Dos ojos vivarachos, de los que han visto mucho, la sobrevolaban. De alzada tirando a recortada y de pasos breves, se movía raudo de estantería en estantería, como una centella. Siempre vistió con cierto desdén, abusando de viejos chalecos raidos y pantalones con camales donde cabían más piernas de las que un hombre puede tener.


“Almas”

“Almas”. Extrañísimo incunable anónimo en el que se describe y categoriza con quirúrgica precisión los miles de almas que existen. Según el autor, podríamos clasificar las almas según sus colores, su vaporosidad, su capacidad de trascender e incluso su sabor. Está repleto de ilustraciones ciertamente alucinógenas sobre formaciones flotantes más o menos antropomorfas que deambulan por bucólicos paisajes. El autor también facilita al final de la obra una pequeña guía sobre como detectar aquellas que vagan libres, incorpóreas y poder atraparlas en pequeños tarros bendecidos.


La librería del señor Nobson

La librería del señor Nobson se encontraba bajo unos arcos de piedra en una pequeña plazoleta de Shilton. Hasta aquí se llegaba serpenteando por callejuelas que, aunque uno las atravesara mil veces, nunca daban la impresión de ser las mismas. Siempre oscuras y calladas, acababan acompañando al transeúnte hasta la puerta del viejo librero, impidiendo de una manera casi mágica que pudiera llegar a extraviarse. Sobre la puerta únicamente encontramos un destartalado cartel de madera en el que reza la leyenda: “Casa del Sr. Nobson. Se venden historias”.

Una vez dentro no resulta sencillo describir aquel espacio. Quizás el caos ordenado le hiciera justicia y fuera el concepto más aproximado. No más de diez recias estanterías forraban sus paredes. En el centro se enfrentaban varias mesas de una robusta madera oscura que albergaban cientos de ejemplares, dispuestos en disparatadas pilas equilibristas. Discretos ventanucos superiores proyectaban largos chorros de luz natural, dejando el resto de la estancia a media penumbra. A pesar de tal desbarajuste organizado, todo parecía misteriosamente limpio y pulcro, cosa que era de agradecer.