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Kate Olson

Kate acababa de cumplir ocho años hacía tres meses. Era una niña realmente bonita, y ya a su edad su figura prometía alcanzar la silueta esbelta que tuvo su madre. Su cara estaba salpicada de esas minúsculas pecas que desaparecen con el paso de los años, sopladas por la brisa del tiempo. Sus ojos, de color verde claro, resplandecían bajo largos mechones de pelo rubio que acababan ensortijados descendiendo por su espalda. Su boca era pequeña y “llena de hierros”, como ella misma decía desde que le hicieron la ortodoncia dental.


Emile Poe

Emile Poe, sajona de pura cepa. Estaba sentada en el último escalón de la empinada escalera que conducía a la entrada principal de la casa. Se alzó con ayuda de sus muletas de manera presta. Vestía un vestido largo y oscuro de algodón con muy pocos volantes y carente de cualquier decoración, salvo un pequeño delantal blanco a la altura de la cintura. Aunque Emile Llevaba toda su vida sirviendo en la mansión y guardaba una relación especial con la familia, se sentía cómoda con aquel atuendo que recordaba más a otras épocas. Además, el largo del vestido disimulaba su pierna tullida. A Emile le gustaba contar que la había devorado un lobo hambriento un día que, siendo niña, se perdió en el bosque. Sin embargo, todos sabíamos que un flujo sanguíneo deficiente y una infección mal curada se la habían arrebatado apenas cumplidos los treinta. Quedaba ya poco para que cumpliera los setenta, pero conservaba todavía una agilidad esplendida a pesar de su mutilación. Su pelo, recogido en un moño alto, era ya cano, pero su mirada era jovial. Seguramente vital era el adjetivo que mejor describía a aquella mujer. Vital pese a todo, pues su vida no fue nada fácil. Por otra parte era reservada pero confiable, características que resultaban ser muy valiosas para una guardesa.


Marcus Nobson

Tenía aquel hombre cara de pirata viejo, pero no de los que gruñen sino de los que añoran. Blanco y lacio su pelo caía en coleta trenzada por su espalda, como si fuera el abrigo de su columna, y dos grandes patillas peludas poblaban sus mejillas. En el centro del rostro, como pidiendo perdón por estar allí, habitaba una pequeña nariz. Dos ojos vivarachos, de los que han visto mucho, la sobrevolaban. De alzada tirando a recortada y de pasos breves, se movía raudo de estantería en estantería, como una centella. Siempre vistió con cierto desdén, abusando de viejos chalecos raidos y pantalones con camales donde cabían más piernas de las que un hombre puede tener.


Ron Olson

Mi nombre es Ron Olson. Adquirí el apellido Olson por vía de mi abuelo materno, ya que nunca tuve un padre en condiciones que se dignara a apellidarme. Ni a apellidarme ni a nada más, dicho sea de paso. Nunca existió. Como tampoco existió mi madre, aunque es un dolor que yo no guardo. Mi abuela Mariela fue mi madre y agradeceré toda la vida a los hados del destino que así lo hubieran decidido. Tengo cuarenta y dos años y, muy a mi pesar, estreno viudedad.