Kate Olson

Kate acababa de cumplir ocho años hacía tres meses. Era una niña realmente bonita, y ya a su edad su figura prometía alcanzar la silueta esbelta que tuvo su madre. Su cara estaba salpicada de esas minúsculas pecas que desaparecen con el paso de los años, sopladas por la brisa del tiempo. Sus ojos, de color verde claro, resplandecían bajo largos mechones de pelo rubio que acababan ensortijados descendiendo por su espalda. Su boca era pequeña y “llena de hierros”, como ella misma decía desde que le hicieron la ortodoncia dental.

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