Emile Poe

Emile Poe, sajona de pura cepa. Estaba sentada en el último escalón de la empinada escalera que conducía a la entrada principal de la casa. Se alzó con ayuda de sus muletas de manera presta. Vestía un vestido largo y oscuro de algodón con muy pocos volantes y carente de cualquier decoración, salvo un pequeño delantal blanco a la altura de la cintura. Aunque Emile Llevaba toda su vida sirviendo en la mansión y guardaba una relación especial con la familia, se sentía cómoda con aquel atuendo que recordaba más a otras épocas. Además, el largo del vestido disimulaba su pierna tullida. A Emile le gustaba contar que la había devorado un lobo hambriento un día que, siendo niña, se perdió en el bosque. Sin embargo, todos sabíamos que un flujo sanguíneo deficiente y una infección mal curada se la habían arrebatado apenas cumplidos los treinta. Quedaba ya poco para que cumpliera los setenta, pero conservaba todavía una agilidad esplendida a pesar de su mutilación. Su pelo, recogido en un moño alto, era ya cano, pero su mirada era jovial. Seguramente vital era el adjetivo que mejor describía a aquella mujer. Vital pese a todo, pues su vida no fue nada fácil. Por otra parte era reservada pero confiable, características que resultaban ser muy valiosas para una guardesa.

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